Espiritualidad

Nosotros, los cristianos, somos llamados a ser espirituales. Nuestra espiritualidad es un asunto importante en nuestra relación con Dios y con nuestros semejantes. Pero, ¿Qué es espiritualidad? ¿Qué significa ser espiritual? Es importante saber las respuestas a estas interrogantes, porque, de no hacerlo, podemos confundir la espiritualidad con el misticismo. De hecho, en el mundo actual, todavía hay personas que entienden que ser espiritual es algo místico. El misticismo no es más que creer en que se puede tener un estado de perfección religiosa que nos capacita para unir nuestra alma con la divinidad. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el misticismo es el estado de la persona que se dedica mucho a Dios o a las cosas espirituales. Teniendo la compresión de este término en mente, nos damos cuenta el por qué, desde los tiempos medievales, en el cristianismo se introdujeron monasterios y conventos. Estos son lugares compuestos por edificios apartados de la ciudad, o inclusive dentro de ella, que promueven la tranquilidad y la reflexión, proveyendo así una desconexión total del mundo exterior.  En dicho lugar, los monjes se dedican solamente a la búsqueda de Dios. Orar, rezar, alabar, ir a la misa. Todas estas actividades forman parte de la vida monástica. Algo fundamental en la búsqueda de la “unión del alma con Dios”, en un monasterio, es el abandono del mundo y los deseos mundanos. La soledad y el retiro están presentes en las vidas de los monjes.  De hecho, La palabra monasterio tiene su raíz en el idioma griego y significa -casa de uno solo-, ya que en un principio los monasterios eran habitados por un solo creyente o monje. Otras religiones, como el budismo por ejemplo,  también hacen uso de monasterios para la “iluminación” o para alcanzar la tan buscada “espiritualidad” de los individuos.

En la era postmoderna en la que vivimos, muchas personas se definen a sí mismas como personas “espirituales pero no religiosas”. En los Estados Unidos, una encuesta de la revista Newsweek en el 2005 presentaba que un cuarto de la población se define en esta categoría. Estas personas que prescinden de cualquier religión, pero que reclaman ser espirituales, lo hacen porque, al igual que todos los seres humanos, también sienten la sensación de que debe haber algo más allá. Sin embargo, difieren de los conceptos y valores presentados por la religión; en el caso occidental, el cristianismo. Las afirmaciones científicas sobre el cosmos hacen que muchos sientan que hay algo místico en el universo que no podemos entender, pero no necesariamente debe ser Dios. Algunos invocan a la energía del cosmos o a la buena vibra. Otros agradecen a la vida por su buena suerte. Es por esto que su “espiritualidad” se basa en disfrutar el instante, el momento justo de la existencia. Ya sea contemplando una puesta de sol, o escuchando el sonido del agua de una fuente. Esta corriente postmoderna agrupa muchas ramas diferentes. Entre ellas están la astrología, el paganismo, la nueva era, el humanismo, entre otras. Alguien quien practica la meditación, hablando sobre la espiritualidad dijo:

«No veneramos a un Dios ni homenajeamos a algo que está en el cielo. Se trata de aprender a aceptar las cosas como la impermanencia del ser y vivir el momento. Si miras lo feliz que puedes llegar a ser viviendo el momento, todas tus dudas desaparecen».

Un practicante del paganismo, refiriéndose también a la espiritualidad, se expresó de la siguiente manera:

«Creo que todo está conectado, me siento en conexión con la naturaleza y las estaciones que cambian. Es una sensación de absoluto respeto por la naturaleza. Me puedo comunicar con la deidad.»

Algunos de los proponentes de esta nueva tendencia de espiritualidad actual enseñan que:

«Se trata de sacar tiempo para contemplar la maravilla de la vida en la Tierra, la extraordinaria suerte de este planeta que puede albergar vida.»

En esta época de la historia humana, hoy más que nunca, como cristianos, tenemos que comprender cabalmente el significado de espiritualidad,  y como podemos llegar a ser hombres y mujeres espirituales, sin caer en los errores que, desde la antigüedad, se enseñan sobre este tópico, tanto dentro como fuera del cristianismo. También tenemos la responsabilidad de presentar al mundo cual es el verdadero significado de espiritualidad. Nosotros mismos podemos y debemos ser espirituales, de tal manera que, las personas que nos rodean puedan darse cuenta que somos hombres y mujeres de Dios. Pero no solo por la forma como nos vestimos (aunque esto es importante), porque dice un dicho: El hábito no hace al monje; sino que nuestra vida, en general, demuestre que somos espirituales. 

¿Qué es la verdadera espiritualidad según la palabra de Dios? Lo primero que tenemos que darnos cuenta es que en la biblia los hombres que fueron altamente espirituales, cuyas historias están narradas en las Escrituras como ejemplos para nosotros, eran hombres que llevaban vidas comunes y corrientes, como lo hacemos nosotros en el día de hoy. A excepción, quizás, de unos cuantos personajes bíblicos, como Elías, Eliseo, Juan el bautista y alguno que otro más. Los grandes hombres de Dios como David, Pedro, Job, Daniel, tenían vidas normales como las tenemos nosotros. Vidas con familias, con cargos importantes, con responsabilidades. En el caso concreto de Job, este hombre era millonario en sus tiempos. No es de dudar que sus bienes y propiedades, los cuales eran considerables, le demandaban mucho de su tiempo y una sabia administración de los mismos. Otro ejemplo es el apóstol Pablo, quien tenía una formación rabínica. No obstante, esto no le impidió que se dedicara a la predicación del evangelio de Jesucristo, mientras también dedicaba mucho de su tiempo al oficio de fabricación de tiendas. Hechos 18:1-3.  Es decir que, para ser espirituales no tenemos que recluirnos del mundo físico que nos rodea y enclaustrarnos en algún lugar remoto. Tampoco tenemos que dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a la meditación trascendental o a la relajación con algún tipo de música mística.

La verdadera espiritualidad tiene que ver con la aceptación del plan Divino en nuestras vidas. La palabra de Dios nos dice que cuando nacemos de nuevo, cuando hemos conocido a Cristo, recibimos de Su Santo Espíritu, a través del cual, somos dirigidos y guiados en nuestro nuevo andar cristiano. En más de un pasaje en el Nuevo Testamento se nos llama a estar o ser llenos del Espíritu Santo. En vez de entregarnos a nuestros propios deseos pecaminosos que, por naturaleza tenemos, escogemos renunciar a nuestras propias tendencias, y le permitimos a Él asumir el control total de todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo. Dicho de otra manera, le permitimos a Dios moldearnos, según Su voluntad, en todo lo relacionado con nuestras vidas. Y esto, mientras seguimos nuestro curso de vida, de manera regular, en el mundo en el que vivimos. Ser espiritual no es más que andar según los principios Divinos y no según los deseos de la carne o el deseo pecaminoso que todos tenemos. Pablo lo presenta de la siguiente manera:

   “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne…Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.” Gálatas 5:16, 19-25

Este andar en el Espíritu, esta verdadera espiritualidad no es natural en nosotros. No viene por default en nuestro ser, sino todo lo contrario. Lo natural en nosotros es hacer lo que es desagradable a la vista de Dios. El mismo apóstol dijo lo siguiente en Romanos 7:14, 24, 25; y 8:1

   “Pero sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado…Miserable de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, más con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”

Notemos que el apóstol dice que con su mente él servía a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado. A pesar de esa discrepancia, él también dice que no hay condenación para los que están en Cristo, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Es decir, que la verdadera espiritualidad, el querer hacer las cosas que agradan a Dios, las cosas que están de acuerdo a Su plan divino para nosotros, comienza con la entrega a Dios de nuestra mente. Nosotros debemos, conscientemente, entregar a Dios nuestra vida, comenzando por lo más íntimo que tenemos, nuestra mente. Pablo también escribió:

   “Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:1, 2

Por lo tanto, la espiritualidad cristiana o la verdadera espiritualidad no es más que una elección consiente de permitirle a Dios que, mediante Su Espíritu, nos cambie o transforme según Su voluntad y propósito. Una persona espiritual no es aquella que tiene cierto misticismo en su persona o en su forma de proceder. No es alguien con un halo de luz sobre su cabeza y su rostro. Tampoco es alguien recluido de todo contacto con lo terrenal, sino más bien, es alguien que diariamente escoge poner su vida en las manos de Dios, y actúa según los principios Divinos, los cuales son su manera de vivir. Una persona espiritual no es aquella que ha alcanzado la perfección a través dedicarse única y exclusivamente a la meditación de las cosas espirituales, o a la contemplación del mundo natural, sino que es una persona que a pesar de sus muchas ocupaciones diarias, tiene claro todo el tiempo, en su mente, que su único propósito en todo cuanto hace es agradar a Dios, el creador de todo cuanto existe.